UN PEFIL DIBUJADO EN EL ESPACIO & DISTANTE / GILDA PICABEA
HACHE | Buenos Aires, Argentina / 19 de noviembre al 15 de febrero, 2020

Gilda Picabea en la encrucijada de la pintura
Por Marita García

Hay cuestiones que no desaparecen y que vuelven constantemente a ser asunto de la pintura. Una pervivencia de formas (ya lo intuyó acertadamente Aby Warburg a finales del siglo XIX pensando en los vínculos entre el arte de los Antiguos y el renacimiento italiano) se cuela una y otra vez entre los movimientos del pincel. Una persistencia, reiteración, resurrección de motivos y problemas que, en el caso de la exposición que nos convoca, Un perfil dibujado en el espacio de Gilda Picabea, dan cuerpo a la abstracción. Algunas de estas formas revividas trascienden al arte y se constituyen en legado visual de la humanidad: me refiero, por ejemplo, a las grillas, a la reiteración de elementos geométricos simples como círculos, cuadrados y cruces. Específicamente, en el caso de la pintura pensemos en las series como modo de organización reiterada de la superficie y de los conjuntos pictóricos. Respecto de la constitución misma de la imagen es la tensión entre una figura y el fondo la que vuelve para poner en jaque la planimetría del soporte y la lectura espacial. Sobre este asunto particular nos propone indagar Gilda en esta exposición.
Nuestra lectura de las imágenes tiende a organizarse en función del reconocimiento de una figura sobre un fondo; figura en el sentido de un elemento que se distingue como forma de la generalidad del fondo. Que se recorte una figura de un fondo implica que existe una relación espacial en la superficie: leemos un adelante y un atrás. Ampliamente estudiado por la psicología de la percepción distinguir figura y fondo es uno de nuestros mecanismos perceptivos que se activan de manera inconsciente al momento que nos enfrentamos a las imágenes y a la realidad que nos circunda. Esta cuestión que, evidentemente desborda lo artístico, fue un eje clave del debate y las investigaciones de nuestros artistas concretos.
Sin desarrollarlo de manera minuciosa me detendré brevemente en este punto para que se entienda de qué manera se inscribe la propuesta de Gilda en los debates de la abstracción argentina. La vanguardia de los años 40 –específicamente la Asociación Arte Concreto-Inveción intregrada por Edgar Bayley, Alfredo Hlito, Lidy Prati y Tomás Maldonado, entre otros- se centró en estudiar, en sus propuestas teóricas y en sus desarrollos plásticos, la autorreferencialidad de la pintura en tanto superficie bidimensional. Este grupo entendió que para obtener una estructura plástica no representativa era central abolir la lectura figura-fondo y cuestionar la estructura del soporte tradicional; de esta manera se producía la exaltación del plano bidimensional. El marco recortado fue, entonces, un dispositivo que pareció lograr abolir la lectura figura-fondo en una superficie bidimensional. La articulación de la pintura en función de sus propios requerimientos plásticos no solo quebraba el tradicional formato representativo, sino que también anulaba la relación entre figura y fondo. Quebrar la estructura ortogonal del marco y liberar las formas del marco convencional buscaba resolver esta humana estrategia cognoscitiva de interpretar las imágenes.
Sin embargo, con el correr de las investigaciones esta solución dejó de ser apropiada. El marco recortado llevaba a una exaltación del muro arquitectónico y no resolvía la percepción espacial dado que se generaba nuevamente la lectura figura-fondo: el marco recortado se convertía en figura y la pared funcionaba como fondo. Los artistas concretos volvieron, entonces, al estudio de la relación figura-fondo sobre una superficie. Evidentemente, las expectativas de los jóvenes artistas vanguardistas y las posibilidades y limitaciones de pintura en tanto medium se encontraban en extrema tensión. Años más tarde, Alfredo Hlito, a quien Gilda retoma en sus reflexiones sobre la pintura, señalaba con lucidez: “El requisito planista no podía ser llevado más allá de ciertos límites sin colocar a la pintura en una situación sin salida”. El mismo pintor nos dejaba también otra reflexión sobre los límites de la pintura (que podría extenderse a la experiencia de la vida): “Es increíble la cantidad de energía que ha derrochado a lo largo de la vida en oponerse a lo que es.”
En la obra de Gilda estos problemas regresan como voces fantasmales; estos debates resurgen y se aparecen en sus pinturas. La lectura figura-fondo es el asunto central en las obras que Gilda presenta en esta exposición. Filosa, evasiva, oblicua nos enfrentan precisamente a este problema: ¿es la superficie negra la figura? ¿es el plano blanco el fondo? ¿o es al revés? Ni lo uno ni lo otro. Son formas en tensión, en lucha por no constituirse ni en fondo ni en figura, por mantenerse ambas “adelante”, afirmando la superficie y negándole la posibilidad de abrirse a la lectura tridimensional. Estas pinturas vuelven a situarse en este delicado punto de la composición pictórica para nuevamente desafiarlo y proponer su resolución particular. Formas feroces hacen del lienzo un objeto astillado; aquí no están las irregularidades de contorno de los marcos recortados, es la ductilidad de la tela la que parece volverse una superficie rígida y quebrada.

Todo vuelve. Espíritus del pasado regresan a conversar con el presente. La artista, presta su cuerpo para la resurrección de estos debates. Su cuerpo funciona de médium, como el lugar que los espíritus encuentran para regresar y canalizar sus pendientes con la pintura. Una reverberación energética habita a nuestra artista y, a través de ella se reactualizan las investigaciones del plano en el acto de pintar. También nosotros, como público, estamos habitados emocionalmente por nuestros antecesores, por esos otros que miraron y prestaron su cuerpo a los diálogos de la pintura. Finalmente, entonces, frente al cuadro no estamos solos: nos convertimos en cuerpos magnéticos que miran a través de muchos ojos.




Marita García
Buenos Aires, octubre de 2019



La pintura es un cuerpo que acompaña
Por Leticia Obeid

Obras pequeñas nos miran desde estas paredes, como una hilera de ojos. A diferencia de otros conjuntos en la obra de Gilda Picabea, que no suele trabajar en series, esta es una serie que explora un tema, un grupo unido por vínculos muy específicos.
El principio fue jugar con las relaciones entre figura y fondo, buscando que el efecto de percepción de lo que está adelante o atrás se lograra con lo mínimo. Con lo mínimo, Picabea hace un mundo. Para entender esto mejor, conviene recrear el momento en que nos encontramos frente a un pedazo de papel en blanco, o la pantalla de la computadora, o del teléfono. Frente a nosotros, la tarea de escribir, dibujar, o decir algo. Esta tarea, que también puede hacerse sin pensar demasiado, en verdad se compone de una larga línea de decisiones. La obra de Gilda le deja espacio a cada una de estas decisiones. Contra el aturdimiento, la conciencia. Contra el apuro, la lentitud.

La tela: lienzo imprimado, con poca textura, luego dos manos de óleo, y a partir de ahí varias capas de color, con lijados entre ellas. El color está hecho de una suma que no se ve a primera vista pero vibra en las superposiciones.
Líneas rectas, a pulso: ¡hay que verlas de cerca! Gilda se vale de la sola ayuda de una guía de madera, como las que usan los arquitectos, o usaban, para dibujar en el tablero -la famosa regla T- en grande, contra la pared. Luego un set de pinceles, del más fino al más ancho, todos primorosamente cuidados, sus cabelleras pulcras esperando en ramilletes sobre una mesita, en su taller, que es como deben haber sido algunos estudios que hemos visto en fotos, de los artistas modernos, en lo profundo de la modernidad en el arte, cuando el refinamiento máximo no había conocido aún la espectacularidad ni el consumismo. Por ejemplo, algunas artistas que Gilda mira y admira: Carmen Herrera, Loló Soldevilla, Zilia Sánchez, Lía Bermúdez, Alicia Penalba. O la literatura de Carson McCullers que, según dice, le mostró que la soledad permite ver mejor los detalles.

Sin duda esta es una pintura que nos pide paciencia, y un elegante vaivén entre distancia y cercanía. Mirarla de lejos, en conjunto, producirá seguramente una serie de sensaciones muy diferentes a verla de cerca y comprobar que cada plano está hecho de líneas y pinceladas que dejan un rastro de su propia factura casi invisible. Será una cosa ver estas obras en medio del gentío de la inauguración y otra en la soledad de un día cualquiera, en silencio, sin más compañía que estas imágenes que son eso, imágenes y no objetos, porque así lo ha querido la artista que las creó, en un diálogo intenso y sostenido con su propio hacer. Veremos entonces que funcionan como espejos, perfectamente bruñidos, pero también como lupas que hacen que todo sea más nítido. Al pasar un rato con ellas nos sentiremos acompañados y también, es muy probable, nuestra percepción saldrá de acá más limpia, más fina, más atenta. En este presente de sobreinformación, saturación de imágenes estridentes y estímulos exagerados, las obras con esa cualidad son un antídoto y estas prácticas artísticas pueden enseñarnos una forma de vida que necesitamos desesperadamente.

Leticia Obeid, Buenos Aires, octubre de 2019


Ph. Nacho Iasparra
SUBIR