Piedra, tijera, papel / LETICIA OBEID / Curador: Federico Baeza
HACHE | Buenos Aires, Argentina / 9 de agosto al 15 de septiembre, 2018

Piedra, tijera, papel
Leticia Obeid

Federico Baeza

I
Transcurrían los primeros años del dos mil, Leticia trabajaba sobre telas pequeñas. Más específicamente, su soporte era chapadur entelado, ese típico material que abunda en los talleres de estudiantes de pintura. Como muchxs de su generación, mi generación, optaba por insumos accesibles, por formatos humildes, fáciles de costear y acumular. Usaba colores apagados, pardos, ocres, grisáceos, apenas iluminados por algún tono levemente saturado. Sacaba provecho de los pomos al máximo. Sobre las capas aún frescas de óleo Alba raspaba con el otro extremo del pincel. Exhumaba capas de color sucesivamente acumuladas hasta dejar ver, en algunos casos, la trama casi desnuda de la tela. Estos grafismos se producían de un modo lento y mecánico, como quien garabatea una agenda mientras habla por teléfono. Los patrones se repetían, se superponían, por momentos, la acumulación sembraba en ellos leves mutaciones que alteraban gradualmente su discurrir acompasado. Componía esta serie de arabescos como si ensayase una postura, una gestualidad, la imitación de una firma. Se dejaba llevar por cierta inclinación ornamental, por un modo de hacer sumergido en una atención flotante, un impulso descentrado que merodea la superficie hasta dar azarosamente con la inflexión de la línea. Así, quizás sin saberlo, huía de la estridencia del gesto rotundo, dramático, tan asociado a aquellos temperamentales pintores de los años 80 con los que había estudiado en la universidad de Córdoba.

II
Autodidactas, intrépidos, pioneros, hombres sin fortuna de cuna que se hicieron a sí mismos. Muchas anécdotas esbozan este perfil casi de western de los hermanos Ameghino, Florentino y Carlos. En un lugar que se consideraba un páramo de la historia, la pampa, el dueto se lanzó a un frenético raid colmado de pintorescas peripecias. Durante las últimas décadas del siglo XIX hicieron emerger el paisaje paleontológico oculto en una tierra fértil para la labranza y el ganado, una comarca recientemente anexada al capitalismo global. Los relatos de sus andanzas no escatiman en hazañas heroicas ni en disputas a muerte. Aún se recuerdan sus conflictos con Francisco Pascasio Moreno, líder del equipo científico rival. Los Ameghino no dudaron en apuntar en sus cuadernos de campo localizaciones falsas de sus hallazgos para desorientar a sus competidores. Florentino también sostuvo arduos debates con el naturalista norteamericano Aleš Hrdlička defendiendo su teoría del origen sudamericano de la humanidad. Sus investigaciones intentaron demostrar que en el período Eoceno Inferior un grupo de homínidos procedente de la Patagonia migró hacía el norte del continente para luego poblar el resto del planeta. Hoy su esquema estratigráfico de la región pampeana, es decir la disposición de las capas terrestres que dan cuenta de la sucesión cronológica y distribución geográfica de las especies, sigue siendo un legado efectivo. Los Ameghino escribieron una historia natural del país horadando su suelo. Eran cruzados de la ciencia, de la nación y, de algún modo, del capital.
Una de las colecciones centrales del Museo Bernardino Rivadavia, fundado dos años después de la Revolución de Mayo en 1812, es el acervo reunido por aquellos hermanos. Leticia se detuvo en la lenta labor de unas manos que tallan la piedra hasta hacer emerger los vestigios de un pasado mineralizado en los talleres del museo. Con estas imágenes editó un video que se presentó junto con la pieza musical L`officina della resurrezione (2013), compuesta por Fabián Panisello, en el Museo Reina Sofía hace poco más de dos años.

III
Una vez Leticia dio con una definición que parecía poner en palabras la intuición que siempre la había acompañado. En las páginas del apartado “El gesto de escribir” de Vilém Flusser subrayó con tinta roja el término griego graphein. La grafía es una inscripción sobre la superficie que rasga y estría la monotonía del fondo para exhumar la letra. Por eso para Flusser escribir es un gesto pariente de la talla, un acto incisivo de desfiguración del plano. Para Leticia la grafía es un hilo de Ariadna que reúne subterráneamente la escritura y el dibujo, el discurrir del tiempo y su experiencia, la historia personal y la colectiva. En sus propios términos, la grafía es el hálito que reconfigura los relatos y altera una serie de contigüidades materiales que los sustentan. Como si fuese una científica-artesana que irrumpe en un yacimiento de restos del pasado y del futuro para dar a ver otra trama de conexiones que congrega gliptodontes que datan de un millón de años, la peripecias decimonónicas del relato de una nación o la experiencia en primera persona al borde de la disolución de aquel país a principios de los dos mil. Sus vinculaciones se producen en ese vagabundeo sin destino que recorre la superficie de los textos, los objetos y las vivencias intentando hacer hablar despojos ruinosos y dispersos.
Hoy, junto al video que fue el punto de partida de estas indagaciones ha colocado una serie de piezas gráficas que oscilan entre la pintura y el dibujo. Nuevamente son hojas pequeñas, formatos convenientes que traslada y despliega con facilidad. Yo los imagino como el resultado de volver a rasgar aquellos otros dibujos de un pasado todavía fresco. Al escarbar aparecen estos otros estratos de colores más encendidos, más vívidos. Teñidos de una atmósfera cromática intensa, como la de los recuerdos infantiles que se confunden con los sueños o las alucinaciones.


Catálogo
ph. Ignacio Iasparra
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