Tomo un paseo, me lleva un poco lejos, un poco ancho y a casa. Curador: Mariano Mayer / VALERIA MAGGI / 7 de Junio al 16 de Julio 2016

Postular al arte como el gran proveedor de gestos, esas proto–obras que son tanto un señalamiento como el componente de una acción, corre el riesgo de dejar fuera estructuras como la literatura o la moda, donde los ademanes son quienes desarrollan, fundan y gobiernan. Contra la idea de lo indeterminado los hacedores del gesto hacen del titubeo una concreción. Por ello sus presentaciones parecen privilegiar y extender ese momento. Y no solo por el arcaísmo que todo gesto convoca. Este músculo gesticular que avanza a ciegas es capaz de señalar el lugar previo a la constitución del lenguaje y a su utilidad. El gesto puede ser el modo de conectarnos con ese tiempo donde las palabras no significaban y donde los objetos eran materialidades y tamaños. Volver a ese limbo, donde todo es experimentación para una poeta, es lo que hace que la palabra mesa pueda ser a la vez mela, sema, meme, sasa. Por eso le interesa decir “que la poesía, experiencia primaria de todo ser humano cuando nace al lenguaje, es el idiota de la familia, la idiota de la literatura, y es, de una manera rara, la que sabe de nosotros”. A su vez el gesto es también un modelador de cambio, aquello que promueve cierta modificación. A una escritora le llamaba la atención que los novelistas se preocuparan por hacernos creer que los almuerzos resultaban memorables no por lo que allí se comía, sino por una frase graciosa que alguien decía. Hablar de la comida era una acción que la convención novelística de los principios del siglo XX no tenía en cuenta. Desplegar situaciones de todo tipo alrededor de los alimentos se convirtió en la trinchera donde la vida podía transcurrir sin señalamientos. Los distintos puntos de vista sobre un tema que nunca se colma y que la práctica ensayística propone, se aproximan a la lógica generativa de todo ademán. Su final no ofrece la forma de una conclusión. Lo suyo es el cansancio, la interrupción. Sin embargo, al igual que estas líneas fraccionadas que surgen para desaparecer, cada forma expone su procedimiento. Atender a su temporalidad, en este caso, permite descubrir la constancia de un gesto siempre igual y siempre distinto. Es un juego serio. Y como vocifera un filósofo: “no hay finalidad, ni utilidad, ni tiempo. Porque el juego es una perdida de tiempo”.


Mariano Mayer


ph: Ignacio Iasparra
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