Cuando todo el ruido se duerma. Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti / DIEGO FIGUEROA / 31 de Octubre al 21 de Febrero 2016

CUANDO TODO EL RUIDO SE DUERMA


“A veces, mis fotismos adoptan una consoladora calidad de flou y entonces veo –proyectadas, por así decirlo, sobre la cara interior de mi párpado- figuras grises que caminan entre colmenas, o pequeños loros negros que se desvanecen lentamente entre la nieve de los montes, o cierta lejanía malva que se funde más allá de unos mástiles en movimiento”, escribe Nabokov en Habla, Memoria para describir esas visiones semioníricas y pensamientos que se nos aparecen como meteoritos y desfilan en el intervalo que hay entre la vigilia y el sueño. Son imágenes inasibles, de a ratos grotescas, que se acumulan como manchas de colores brillantes y que se funden entre las huellas que nos dejó el día. Algo como lo que sucede frente a las obras de Diego Figueroa: podremos reconocer esos objetos que se acumulan y que posan, vibrantes, en sus pinturas y esculturas. Pero de buenas a primeras nos sentiremos desorientados porque hay experiencias visuales que nos llegan cargadas de información y que son ingobernables.
Para encontrar la precuela de esta exposición, deberíamos revisar la producción de los últimos siete años del artista. En esta serie de obras que se presentan, se condensan las ideas que más le interesaron de sus proyectos anteriores. Si nos detenemos un buen rato en cualquiera de las obras de la sala, van cayendo de a uno y como piezas de Tetris, los recuerdos de los brillos, cierta estetización de lo trash y un tratamiento enaltecido de los materiales utilizados en las esculturas: La Familia Frontera (2007), El David y la Copia (2008), Esta noche no (2009), La obsolescencia del monumento, Fuente y El tiempo entre las cosas (2010). Y convendría emplear lo que Proust dice en El tiempo recobrado: una especie de psicología en el espacio que pudiera añadir una belleza nueva a las resurrecciones que realiza la memoria. Porque es en ese estado de meditación, al que nos sometemos frente a las pinturas, que vamos viendo cómo reaparece el ángulo visual de algunos de los dibujos de Mentiras Personales (2010) y una representación espacial tal vez más ligada a experiencias 3D.
Lo cierto es que 2011 fue un gran año para Diego Figueroa porque vuelve a la pintura después de transitar territorios más ligados a lo escultórico. En esas obras a las que luego llamó Dejar el mundo en casa, se veían objetos pequeños amontonados en el plano, “desastres de bolsillo”, que se iban acumulando en la mesa de trabajo con el correr de los días. Cada una de las telas era una constelación de elementos elegidos por el artista, que respondían a una edad determinada del individuo, pero en las que curiosamente, convivían elementos que se unían por tamaño y color pero que provenían de universos bien distintos: juguetes, agujas, blíster de pastillas, llaves, cuchillos.
Tiempo después llegaron las expediciones de verano que hacía Figueroa a las chatarrerías a la hora de la siesta. Sentado bajo un techito, el artista divisaba con la emoción de quien mira por primera vez, las torres de chatarra clasificada. Y en el silencio de ese sol tremendo, simplemente, contemplaba. Al llegar al taller lo que migraba a la obra eran grandes acumulaciones de neumáticos, motos, metales, trozos de chapas, pilas, elementos cortantes, casi en escala real. Lo que cambia respecto de la serie anterior de pinturas son, por lo menos, dos aspectos: escala y noción de subjetividad.
Si en las pinturas de 2011 a 2013 se nos invitaba a recrear el perfil de un individuo y se percibía un clima de puertas adentro (las de un hogar o las del taller), el cuerpo de obra actual, con sus pinturas y esculturas, nos hace salir e imaginar algo más abarcativo: un grupo de personas, una comunidad de usuarios de alguna cosa; un conjunto. Una conglomeración. Todos ellos y el tiempo. El paso del tiempo. Y este corrimiento o movimiento en el foco es clave a la hora de abordar la obra de Diego. Lo que se intuye es el movimiento que genera la no linealidad discursiva. Y es de esta movilidad narrativa que surgen esos micro mundos o ficciones visuales. Podemos ingresar de donde sea, armar nuestros propios caminos. Y todo eso estará bien.
Como espectadores nos movemos en el relato, pero también en el espacio fuera de la obra. La pintura no está puesta sobre el lienzo relamida, sino que tiene cuerpo y espesura. De lejos todo se pone en foco, de cerca las formas se pierden y lo que cobra importancia, en palabras de Diego, es el cuerpo de la pintura como materia. Ese mismo ir y venir nos llevará a pensar no solamente en lo que se genera a partir de las chispas del contacto entre los objetos y los materiales, sino que también nos propondrá un ir hacia fuera, hacia las esculturas y que todo adquiera una dinámica distinta. Porque las esculturas y sus materiales, en su calidad de cosas/objetos (cemento, caños, una chapa acanalada, una cámara neumática), tienen un peso específico: existen en el mundo y se convierten en referencias sólidas. Y en ese movimiento entre registros es que terminaremos de comprobar algo que intuíamos: los residuos diurnos no son solamente los contenidos manifiestos del sueño o las impresiones de los últimos días. Lo residual es lo que queda del final de un proceso. Lo mismo que una obra terminada: es el resultado de todas esas operaciones previas.


Silvina Pirraglia y María Lightowler
Buenos Aires, septiembre 2014.


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