Hierba Oscura. Fundación Esteban Lisa / EMILIANO BONFANTI / 8 de Julio al 31 de Julio 2015

En el articulado despliegue que define su campo de acción, Emiliano Bonfanti parece concentrarse extensivamente en una cierta cualidad evolutiva del paisaje con predominancia del motivo arbóreo, que él convierte en una morfología muy singular, mientras opera desde adentro del mismo dibujo contra el determinismo constructivo y el excesivo énfasis referencial. Su intención parece ser la de colocarnos en medio de un mecanismo perceptivo pendular muy poco llamativo, pero persistente en su eficacia perturbadora. En un extremo, estaría el apego más o menos fidedigno a la configuración de una iconografía pseudo-naturalista asible, permeable, que podría suponerse tributaria tanto de la afección representativa como de la más pura invención. En el otro, la lábil irrupción, muy bien atemperada pero quemante como un ácido disolvente, de una artillería de trazos eléctricos y desquiciados, que avanza en contrapuntos y modulaciones lineales quebradizas, acentos abismales o crispados, pausas vertiginosas y vibraciones secas en pelambres de trazos. Todo ese sutil conglomerado va construyendo una legibilidad espacial y territorial de estructura maciza, certera, aunque amenazada por sombríos grumos de sombras enredadas que operan como una grieta abismal en el terreno bidimensional, junto con una especie de falla de registro deliberada, como si la línea se redefiniera fuera de sí misma, en el temblor de su propio eco.
Todo parece áspero y espinoso, y a la vez mórbido, fértil, espeso, como si una turgente vida vegetal imbricada en las marañas que chisporrotean en el ojo como un enjambre de pinchudos insectos de tinta y carbón circulara hirviendo dentro de ellas, enfervorizando su anatomía de madejas boscosas en una erupción de cristalizado fuego vegetal. A este efecto de extrañeza extrema dentro de la familiaridad contribuye la temperatura candente de un blanco y negro en alto contraste, donde las formas vibran tórridas bajo el sol del papel y de lo no dibujado, como si presenciáramos la visión estrábica de un sempiterno mediodía amenazado por la provisoriedad. Pero, además, como un halo espiritual que deja su impronta de lirismo y fantasía escénica en todo lo que toca, ahí está, palpable y exuberante, el puro placer de ejecutar el dibujo, que en Bonfanti es una respiración natural. En ese punto, se lo adivina laborioso y paciente, aunque también, antes y después, asoma el Bonfanti calculador y estratega, incluso en la elección de algunos formatos que hacen de la panorámica una perfecta economía de medios. En todo caso, la altura convincente de su oficio y, al mismo tiempo, su permanente desmarque de cualquier atisbo de amaneramiento, lo ubican en un envidiable punto equidistante entre el laboratorio y el lirismo, entre la sensibilidad paisajista y una bifronte vocación de conciliación y ruptura.

Eduardo Stupía, Junio 2015


ph: Ignacio Iasparra | retoque: marsdepartment.com
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